Por Nicolás G. Recoaro

Los platos están servidos. El menú armoniza con un domingo de Superclásico. Son fideos con roja salsa fileto y albóndigas de carne picada. Es obra de Gena, que lo preparó con su sapiencia italiana. La cocinera paraguaya nacida en Caaguazú, hace varios años trabaja para los Morales. La esposa del hombre de la casa ofrece vino tinto o gaseosas. Pero los ojos de Beatriz pispean todo el tiempo las andanzas de Benicio, el nieto hincha de Boca que anda correteando por el living. El ambiente es luminoso, con la luz oblicua del cielo otoñal de Palermo. En el living hay un piano de cola, que algunas figuras de porcelana de Lladró y varios cuadros miran desde las paredes. Un cuadro de un descamisado acurrucado junto al rostro de Evita cuelga de la puerta que comunica el ambiente con la cocina.  

Con su perro Fito estirado entre los pies, Víctor Hugo pide disculpas por adelantar su almuerzo. “Es que tengo que cabecear, hacer una siestita de media hora –dice el relator–. Así llego fresco al partido. Pero si quieren charlamos algo antes.” 
 
–¿Cómo se prepara para relatar un Superclásico? 
–Descansando lo mejor posible la noche anterior; comiendo lejos del partido y liviano. La digestión gravita en todo lo que es el pensamiento y las ideas. Después yéndome a la cancha, esperando estar bien, para ver bien a los jugadores. 
 
–¿Cómo se logra?
–Los relatores necesitamos de la precisión. Si lo soy, no tengo que pensar quién es, cuando la pelota va para un jugador. Lo detecto. Ocurre como cuando el arquero le pasa la pelota a un compañero, y este la para con el empeine sin especular cómo. Si uno transmite un partido con el dominio pleno de cuáles son los jugadores, y cuando la pelota va para un tipo ni pensás lo que estás diciendo porque sale solo, tu trabajo es el mejor.
 
–¿Le pasó?
–Pasa. A veces, por ejemplo, uno se raya con un jugador, y lo ve más que a otros. O puedo ignorar a alguno. 
 
–Ahí entra a jugar el inconsciente. 
–A un tipo que se llama Juan, le digo Ramón. No se sabe por qué. El otro día, por ejemplo, relataba un partido donde un lateral se llamaba Nervo, y cada vez que agarraba la pelota pensaba en el poeta Amado Nervo, y no me salía el nombre. Lo tenía escrito, pegado en un papelito delante mío en el vidrio de la cabina, y no me salía.
 
–Construye con su relato un espectáculo para el oído del oyente. ¿Qué pasa si no aparece la belleza en el partido?
–Lo mismo que le pasa a alguien que le gusta mucho el cine, y al comentar o criticar una película se excita y la disfruta. Y cuando es mala, se esfuerza por recrear el espectáculo, apelando a la crítica, a la ironía, al humor. Recurro al bagaje intelectual, que está hecho de información, experiencias, inventiva, creatividad y talento, si se lo tiene. 
 
–Por ejemplo, ¿cómo nutrió hoy ese bagaje informativo? 
–Ya me leí todos los diarios. Primero La Nación, para sacarme ese peso de encima. Como tener que tomarse una pastilla amarga, y después viene algo rico. Después Tiempo, que tiene mucha información y también muchos comentarios. Hoy la nota de Roberto Caballero está impecable. Después Página. Y finalmente Miradas al Sur. 
 
–También se nutre del cine y la literatura. 
–Fundamentalmente de la literatura. Cuando uno lee, le quedan frases, ideas. Inevitablemente uno pone mucha atención al leer. Y después la metáfora sale con el color, con lo que pensás. El teatro también es un gran alimento, las artes en general. 
 
–¿Quiso ser actor en algún momento de su vida?
–No. Soy un extraordinario, exitosísimo y empedernido espectador. Carezco de interés por estar en el escenario. Soy tímido, no me gusta la exposición. 
 
–¿En la cabina no se siente como un actor en escena?
–Escondido. No me ven. Por supuesto que actúo, todo el tiempo. Todo el relato: tonos, silencios, enojos (supuestos) y elogios ditirámbicos. El relato es una actuación. Soy más un actor que un narrador. Pero no me ven. Si me piden ahora que les relate un gol, no me animo. 
 
–¿Se podría entender al relato deportivo como un género dramático?
–Indudablemente. Uno está transmitiéndole a la gente algo que la alegra o la hace sufrir. Un gol de River esta tarde, amarga a una parte de la gente con la que tenés que ser respetuoso. Hay un lugar en tu cabeza, que te dice que tenés que ser respetuoso con el derrotado, con el que está sufriendo ese gol. Pero al mismo tiempo hay que ser animoso y entretenido para recrear la alegría del que lo hizo. Pero mejor frenemos acá que me tengo que ir a cabecear.
 
MUERTE Y RESURRECCIÓN DEL NARRADOR. Anunciar el fin de los narradores, aseverar que quedan muy pocos, es un relato que siempre se repite y que nunca aburre. Antes de suicidarse, el filósofo alemán Walter Benjamin aseveraba en su ensayo El narrador (1936) que el arte de la narración tocaba su fin. “Es cada vez más raro encontrar a alguien capaz de narrar algo con probidad”, decía no sin inmodestia. La narración de la experiencia, oral y colectiva, concluía el filósofo, había muerto en manos del progreso tecnológico y el horror humano.  
La reflexión sobre el arte de narrar sigue vigente. Es el oficio de aquellos que saben de la magia de las palabras. Alquimistas que pronunciando palabras secretas forjan otra realidad. Creadores que quizás, relatando un gol o un tiro libre, son capaces de cambiarle la vida a una persona. Víctor Hugo es uno de ellos.
 
TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A LA BOMBONERA. Conduciendo parsimoniosamente su Corsa por la 9 de Julio, el relator se da tiempo para comprarle unos chocolates a un vendedor ambulante, departir amablemente en cada esquina con otros conductores que le piden que relate goles (“¿No te parece mucho tres de River en cancha de Boca? Vamos a ver. Mandale un beso a tu mujer, entonces”) y conversar con su copiloto, el periodista César Ferri. “El fútbol es una metáfora excepcional de la vida –explica el relator–. Dolina lo dice muy bien, en el fútbol caben la belleza, lo espurio, la nobleza, el egoísmo, la solidaridad, el altruismo.”
 
–¿La Bombonera es un escenario especial para el relato?
–Sí, porque en La Bombonera el sonido es hacia adentro, y ese encajonamiento es muy importante para el relator. Si se mira La Bombonera, uno se da cuenta que la acústica deja todo ahí. Es como si se metieran en un frasquito el sonido y la emoción. 
 
–¿Qué recuerda del Boca-River en La Bombonera, en el ’81? 
–Esa noche fue mi constatación de que realmente me podía llegar a quedar en Buenos Aires. En esa época era muy trasnochador, y ya al amanecer fui a comprar los diarios. En el diario El Popular, el título era “Ta,ta,ta. Boca 3 a 0”. Dije para mis adentros: “Empecé a existir.” Hacía dos meses que estaba en Buenos Aires. Había conseguido un lugarcito. 
 
Un lugarcito también le estaba guardando a Víctor Hugo un parrillero amigo, para que estacionara el Corsa a dos cuadras de la cancha. Señoras y señores, se juega el Superclásico. Siguiendo cualquier columna de las que avanzan por Brandsen, Del Valle Iberlucea, Pinzón o Filiberto, se desemboca siempre en el estadio. Los vendedores ambulantes están de parabienes. A dos cuadras del estadio, se pueden conseguir remeras con el escudo de Boca, medias con el escudo, gorros con el escudo, relojes con el escudo, y hasta escudos.
 
Ataviado con jeans, campera beige y mocasines marrones, con ese aire a mitad de camino entre Rodolfo Valentino y Bill Tilden (también un toque oriental con algo de Zitarrosa sin el cigarrillo), el relator se abre paso en el hormiguero que va llegando a La Bombonera. Besos, fotos, saludos, una entrevista exprés, más fotos, alguna que otra mirada despectiva de una señora pitucona, más fotos, más saludos. 
 
Hay equipo. Camina por la calle Irala acompañado por Heber, su inseparable escudero, asistente y mano derecha. Por ahí también anda el comentarista César Ferri, y por último, pero no menos importante, Félix Conde, el cebador oficial del equipo. Charrúa de pura cepa, nacido en Cardona al igual que Víctor Hugo, Félix se encargará de hacer circular durante horas la infusión milagrosa. ¿Su secreto? “Yerba Canaria y nada más.” Ya en las escaleras que llevan a la zona de las cabinas, La Bombonera no tiembla, late. Del lado de Brandsen, los de River agitan barbijos y globos albirrojos. Del lado de Casa Amarilla, se va engordando al jugador Nº12.
Víctor Hugo, ya instalado en el pequeño cubículo de transmisión, su hábitat natural, se pone la camiseta de la agrupación HIJOS con la inscripción “Juicio y Castigo”. 
 
Con una toalla color azulada al hombro para secarse el sudor, y el micrófono y unos binoculares a mano, el relator ocupa el sector central de la cabina N° 12. A su izquierda, Ferri calienta motores y le pasa prolijos papeles que tienen tatuados los nombres de los jugadores, y Víctor Hugo los va pegando con cinta en el vidrio. A su derecha, firme como rulo de estatua, Félix armado con el termo y el mate. A sus espaldas, Ricardo Cotuffox, el encargado de las peripecias técnicas de la transmisión. Y Heber que trae agua, atiende teléfonos, consigue sanguchitos y así hasta el infinito y más allá. Se autodefinen como una auténtica familia radial, la familia de Competencia. “Es el privilegio de jugar en el mismo equipo que Maradona en su momento y Messi ahora –define Ferri–. Víctor Hugo es un tipo al que admiro. Es como mi segundo padre, mi segundo viejo. Porque me ha enseñado cosas de la vida, mucho más importantes que las cuestiones de periodismo, como la ética y la amistad.”
 
–¿Y cómo hacés para meter un comentario después de alguna genialidad que inventa Víctor Hugo con su relato?
–No es sencillo, pero cuento con la confianza que él me da para, de alguna manera, intentar enriquecer el relato. Yo siempre digo que con un trazo es imposible mejorar una pintura de Picasso. Entonces intento no mancharla. 
Cuando comienza la transmisión, Víctor Hugo se transforma. Entra en trance como un chamán poético. Aunque confiesa que en los últimos años ha dejado de lado el relato sobrecargado de ornamentación, neobarroco, o mejor dicho neobarroso por la impronta rioplatense, como le gustaba pensar al poeta Néstor Perlongher, el partido se convierte en una excusa para la metáfora.
Pero de repente, el silencio, el estallido de la popular y el grito sagrado de gol explota en el parlante. El madrugador cabezazo de Lanzini hace entrar en erupción a la, todavía fría, garganta poderosa del relator. “Goooooooooooooooooooool, de River, de River, de River. Un cabezazo perfecto de Lanzini, en el primer Lanzini de la tarde. Un minuto y ya gana River. River 1 - Boca 0.” 
 
Con la paciencia de una tejedora de ñandutí, va bordando un tejido narrativo poblado de anécdotas, imágenes impredecibles y diálogos imaginarios: “Y Ledesma le reclama al árbitro y le dice: ‘Cuando pego yo, vaya y pase. Pero cuando lo hace otro…’”; “La Bombonera ruge pidiendo justicia por una falta, signo de que no lo es. En realidad es una injusticia…”; y “Las serpentinas que cuelgan del alambrado como un plato de fideos rebalsado”. Hasta hay espacio en el relato para la ironía ideológica: si el lateral riverplatense Mercado anticipa a Lautaro Acosta, “gana el mercado, por esta vez”, aclara Víctor Hugo. A los 38 minutos, termina la siesta de la parcialidad boquense con el gol del pelado Silva. “Qué manera de rematar abajo. Sí, Sí, Sí, Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiilva para colocarla bien a la derecha de Barooooooooovero. Para empatar el partido. Andá a hablar de justicia, ante una jugada tan extraordinaria del ataque de Boca. El partido, 1 a 1.”
 
Ya promediando el segundo tiempo, Víctor Hugo le da otra chupada a la exhausta bombilla del mate. El partido es un fiasco. Quizás, Borges tenía razón: “El fútbol es feo estéticamente. Once jugadores contra once, corriendo atrás de un balón.” Pero Víctor Hugo no se resigna y ensaya algún dribling con la garganta, como para despertar a la audiencia. Pero no hay caso. “Un minuto de fútbol, muchachos, por favor….. Y por fin se termina el partido, muchas gracias por la atención dispensada”, cierra la faena el relator.