Por Andrés Fidanza

Llevo en mis oídos la más maravillosa música de Inés y Florencia, mis dos compañeritas de viaje, gritando a mis espaldas: “Cuña. ¡Cuñaaaa!, ¡Andreeeeés hacé cuñaaaaaaaaaaaaa!”. Unas madres, la verdad. Pero a pesar de ese coucheo motivacional dado en el vértigo del vivo, más todas las enseñanzas técnicas transmitidas en la previa, mi cuña no era lo suficientemente algo que todavía me cuesta explicar, y entonces pasó que me caí en cada curva y en cada descanso del inmenso Cerro Castor. Y como esto ocurrió el viernes 22 de junio, el día en que empezaba en Ushuaia la temporada de snowboard y esquí -una temporada ultranevada, y por lo tanto maravillosa-, mis caídas fueron vanguardia y toda una novedad dentro de los circuitos del Castor. Aterricé una y otra vez fuera de pista, sobre esa nieve acumulada salvajemente, brillante, esponjosa y hermosísima, azulada de tan blanca, y a la que en el ambiente del esquí se denomina nieve virgen. Y yo, con mi enganchado de revolcones, más que esquiarla la desvirgué.


Enfurecí, al principio. Las primeras diez caídas, digamos para redondear. Después opté por reírme de mí mismo, que es lo que recomiendan los psicólogos de la tele. Pero al revés de lo que garantiza el mito, mi propia risa no inoculó la de los demás. Al contrario, la habilitó y potenció hasta volverla una sucesión de ciclos ascendentes. Espasmos de carcajada cada vez más audibles y descarados, mientras yo me hundía en la nieve, miraba el cielo y era feliz a mí manera. Una manera algo disminuida en amor propio. De todas formas, las caídas precedieron a buenos y descontrolados momentos de descenso en velocidad. Y así pude conocer la kinestesia integral de la que me hablaba Pedro Vergara, el director de la escuela de esquí del cerro, y la que tanto enloquece a los yonkis del esquí. “Es una mezcla incomparable de sensaciones: frío, calor, velocidad, desafío y adrenalina”, me enumeró excitadamente Vergara. Y yo lo viví, ¡lo viví!

El Castor queda a 26 kilómetros de Ushuaia y es un lujo de centro de esquí: un hotel moderno en la base, 5 restaurantes en la montaña, 28 pistas, 10 medios de elevación, más de 600 hectáreas esquiables y la “mejor calidad de nieve” de la Argentina. Es el gran motivo de orgullo de los fueguinos: la calidad de nieve. Esta temporada hubo entendimiento pleno entre calidad y cantidad: en lo que va del año, cayó el 83% de lo que nieva anualmente en la capital de Tierra del Fuego. O sea, nevó y sigue nevando una barbaridad. La nieve cayó blandamente, tal cual poetizó Cadícamo, pero a la vez cayó sin parar. Algo que, puesto en clave catastrófica en los zócalos de los canales de noticias, se volvió una “situación dramática” o “un temporal que no da tregua”. Para los ciudadanos locales de entre 4 y 18 años, en cambio, el mismo evento significó faltar al colegio por unos días: es decir, una gran noticia. Y para los turistas se trató, sin exagerar, de una sensación preorgásmica.

En especial para los porteños, los brasileños (primera minoría entre los visitantes) y todos aquellos que, por falta de hábito, contemplamos la nieve con ojos extrañados. Los que nos colgamos ante estos paisajes en monocromo, profundamente nostálgicos y lindos como de diseño: nieve con formas orgánicas al costado de los ríos, sobre las rocas y las montañas, y en imitación de sombreros rusos sobre los árboles sin hojas que se llaman lengas. Y eso, por hablar de las afueras de Ushuaia.
En el centro de la ciudad, la nieve acopla perfectamente con el paisaje urbano, en capas acolchonadas de un metro y medio sobre los autos, las plazas y las veredas. La acumulación se da a pesar de los esfuerzos diarios de los municipales, y también a pesar de una ordenanza que obliga a los vecinos, contra pena de multa, a mantener limpias las veredas antes de que la nieve se apelotone. Porque cuando eso pasa, se dificulta el apaleo. En los techos alpinos también se amontona, hasta que cae por su propio peso al costado de las casas de piedra y de madera. El estruendo de esos microderrumbes es inesperado, pero muy agradable y celebrado por los locales.

A caballo de la ley de promoción industrial de la década del setenta, Ushuaia ya tiene casi 50 mil habitantes (y con ascenso demográfico en fast forward) y es una ciudad más fabril que, por caso, Bariloche o San Martín de los Andes. Es menos pintoresca, menos de juguete y, por lo tanto, más verosímil. Está ubicada entre el canal Beagle y la ladera del monte Martial, y no es plana, a diferencia de las otras. Lo que es buenísimo, porque permite entregarte a la contemplación en altura, mientras afuera no para de nevar y vos te comés una centolla en los restaurantes Kuar o Giustino. Dos clásicos. O te tomás un café con chocolate en el comedor del tuneado hotel Las Lengas, a las 9.30 am, mientras en la ciudad recién empieza a amanecer. Desde el salón vidriado del hotel, la vista coincide con el marketing astronómico de que Ushuaia queda al filo del fin del mundo. La impresión abismal, en realidad, se filtra en cada tour y en cada título del menú invernal que ofrece Ushuaia. La percibís durante la navegación en catamarán por el canal Beagle, donde si te caés resistís tres minutos antes de que te agarre una hipotermia. Y la ves en los lobos marinos, que se apiñan sobre las islas rocosas del canal. Ahí, reunidos sanamente en familia, respiran juntos y largan vapor al sol.

Esa onda grave de Ushuaia también está presente en el tren del fin del mundo: una latita angosta y muy simpática que es verde por fuera, e hipercalefaccionada por dentro. El tren serpentea sobre el río Pipo, cruza una sucesión de bosques y te deja en la entrada del Parque Nacional, un laberinto romántico de lagos, caminos y miradores. En los centros invernales privados, Ushuaia Blanca, Valle de Lobos y Valle Hermoso, por ejemplo, podés hacer esquí de fondo, caminar con raquetas o pasear en trineo con tracción a sangre. Más precisamente, sangre azul de perro de raza: siberianos, alaskanos y los greysters, que son los bichos más veloces y alcanzan 45 kilómetros por hora. La del trineo con perros es una disciplina en la que son maestros el Gato Curuchet y su staff de Valle de Lobos. ¿La clave del arte de Curuchet? El amor hacia sus perros.

Pero el testimonio más contundente a favor de Ushuaia pertenece a un brasileño llamado Julio Casares: paulista, 17 años y criador de alskanos malamutes. Hasta hacía 5 meses, Julio exhibía a sus 25 animales en exposiciones de belleza de San Pablo. Y los perros crecían y se socializaban en esa cultura de la holgazanería y el narcisismo. Así fue hasta que Julio visitó Ushuaia y sintió la curiosidad de reinsertar a sus alaskanos en un marco parecido al ancestral. Se tentó con el experimento de conectarlos con su esencia, y se dio el gusto en vida: hace cinco meses cargó seis perros en un avión rumbo a la capital de Tierra del Fuego, con el plan de entrenarlos para competir en la carrera Sled Dogs Sudamericana 2012.

¿Cómo fue la adaptación desde entonces, Julio? “La verdad que al principio no les gustaba correr”, nos admite el paulista. ¿Y ahora? “Les encanta: mueven la cola, necesitan la adrenalina de la competencia y se excitan cada vez que entran en contacto con la nieve”. Sin pretenderlo, Julio me metaforizó con lo de los perros.