Fútbol

En cuatro años se perdió el rumbo de todo

Sebastián Silvestri

Argentina careció de todo; no tuvo juego, ni asociaciones, ni intenciones, pero lo peor de todo es la nula respuesta anímica ante la adversidad. 

El equipo que jugó ante Croacia (foto: AFA)
El equipo que jugó ante Croacia (foto: AFA)

 

¿Qué pasó desde aquel triste 13 de julio de 2014, cuando Argentina perdió la final del Mundial de Brasil, hasta el día de hoy? Miles de cosas que no vienen al caso. Sin embargo, las consecuencias de las decisiones que se fueron tomando, bochorno dirigencial mediante, dio como resultado lo que estamos sintiendo y viviendo en este Mundial de Rusia.

Todo atado con alambres, un clásico argentino. La Selección clasificó a la máxima cita del fútbol no solo por la ventana sino con un equipo que no sabía a qué jugaba; sin definiciones, sin certezas y lleno de dudas. Algo de esto, pasados varios meses luego de derrotar a Ecuador, se notó ante Croacia en la ciudad de Nizhny Novgorod.

Hablar de los tres técnicos que pasaron por el banco de suplentes ya es historia. La única realidad es que Jorge Sampaoi es el DT y bien hace en responsabilizarse por la anarquía futbolística que se vio en el campo de juego. Argentina careció de todo; no tuvo juego, ni asociaciones, ni intenciones, pero lo peor de todo es la nula respuesta anímica ante la adversidad. Un grosero error dejó al equipo al borde de la eliminación, pero el orgullo y las ganas no aparecieron. Ni siquiera surgió algo de vergüenza deportiva para demostrar que aún hay esperanza.

Desde afuera, no pareciera haber un mañana. Da la sensación de que un ciclo está cerrado, que una vez más veremos pasar una camada excelente de jugadores sin haber logrado un Mundial. Se habrá despreciado al mejor de todos.

El lamento interno de las tres finales perdidas, la falta de respuestas ante los golpes bajos, los outsiders (llámese periodismo, personajes populares, jugadores que quedaron relegados) todo ello sumó a que el ambiente fuera turbio, escandaloso, incómodo. Este jueves la Selección perdió sin alma, sin corazón.

Fue un golpe indigno para estos jugadores que no merecen caer de rodillas. No merecen ser destrozados, denostados, acribillados verbalmente. Aunque tampoco vale ser obsecuente, porque hay responsabilidad en ellos.

No enjorase, no ensuciarse. Hace cuatro años Alejandro Sabella entendió que si continuaba formando como lo hacía, no iba a pasar de fase. Se notó la molestia en algunos jugadores. Cambió a tiempo y el equipo llegó a la final de Brasil. Sampaoli dilapidó cerca de un mes de trabajo buscándole la vuelta al esquema. Los futbolístas no parecen haberse sentidos incómodos por el planteo del entrenador de Casilda, pero está a la vista que nunca se pudieron adaptar.

Quizás lo mejor sería que el ajuste también llegue al Seleccionado: borrón y cuenta nueva. Plantar semillas y pensar a largo plazo. Pero parece difícil, aún más para dirigentes y entrenadores con ganas de hacerlo.

Queda solo una oportunidad para que el bochorno de 2002 no vuelva a repetirse. Aunque no depende pura y exclusivamente de sí. Tendrá que esperar y ver, arriesgar, querer, jugársela, perder el miedo, olvidarse del “qué dirán”. Al fin y al cabo, es fútbol.

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