Por Cecilia Toledo 

El 19 de mayo pasado, cuando Mariano Galván llegó a la cumbre del Everest, sintió emoción; pero también un sentimiento extraño y conocido: una vez más había logrado concretar la cima de una osada expedición en la más intensa soledad. 
 
El joven andinista de 32 años, es el segundo argentino en escalar esa montaña sin la ayuda de tubos de oxígeno artificial y sin la colaboración de los típicos porteadores, que hacen las veces de asistentes, y se ocupan del traslado de todo tipo de objetos y alimentos para que la subida sea menos dura. Entre 70 y 100 mil dólares es el costo de la expedición comercial, aunque Mariano decidió prescindir de todo servicio empaquetado y se lanzó con treinta y ocho kilos sobre sus espaldas a conquistar la cumbre del Everest. “Lo hice de la manera más económica, fiel al estilo argentino”, comentó a modo de broma. 
 
“Para mí es un orgullo ser una de las cuatro personas que en lo que va del año logró llegar a la cima sin oxígeno artificial”, comentó a melavuelo el reconocido andinista, que nació en Trelew y a los 25 años “dejo todo” lo que allí tenía y se embarcó rumbo a Mendoza, para estudiar la carrera de guía de montaña y adentrarse en el mundo del alpinismo. “Por año, un promedio de 500 personas alcanzan la cumbre del Everest, con oxígeno y la ayuda de portadores”, agregó Galván, brindando un dato más que retrata la osadía de su logro. 
 
El camino y la llegada
 
Aunque son muchos los que casi a modo filosófico aseguran que lo más importante no es llegar, sino recorrer el camino; Mariano aplica esa idea a raja tabla: “Me parece que el estilo que uno utiliza para subir es más importante que la cumbre en sí. Sentía que si lo hacía con oxígeno y la ayuda de porteadores le estaba haciendo trampa a la montaña”, comentó el guía, cuyo trabajo en el Aconcagua facilitó la expedición. 
 
 ¿Y el miedo? Preguntó melavuelo al hombre que parece no temerle a nada. “Es una herramienta que se debe mantener al margen, sin convertirse en un obstáculo”, comentó el andinista. Y al parecer, sus palabras tienen mucho de cierto: donde nace el riesgo, está lo que a uno lo salva. 
 
“Realizar la expedición sólo está bueno, aunque también se extraña el campamento de altura”, comentó el joven escalador, quien relató que si bien el recorrido del trayecto lo hizo en soledad, el contacto con otros andinistas es constante. Aunque el hecho de estar solo adquiere una dimensión más extraña al alcanzar la meta: “No tenés a nadie con quien compartir lo que estás viviendo. Por eso siempre digo, la cumbre se disfruta cuando llegas a la Argentina”.
 
Antecedentes
 
Si bien la expedición en el Everest es una de las más lanzadas, no es la única que Mariano tiene en su haber. En 2011 escaló el Lhotse, en Himalaya; “es la cuarta montaña más alta del mundo”, comentó en diálogo con este medio, al tiempo que recordó que el período de adaptación al ambiente le llevó entre unos 40 y 50 días, para luego poder trepar “8.5000 metros de altura”, precisó. 
 
¿Qué tres cosas no pueden faltar en la mochila de quien emprende una expedición de ese tipo? “Hay que tener mucha voluntad, pasión por querer subir y llegar. Mis botas también son fundamentales, así como el apoyo de la familia y de los amigos”, comentó Mariano, al tiempo que reconoció que para sus más allegados no es tan simple lo que para él se ha convertido en una pasión. 
 
“Se resignan y rezan a todos los santos. Sufren, se preocupan pero saber que estoy haciendo algo que realmente me fascina” les hace bien, aseguró Galván; que ni bien pisó suelo argentino –luego de realizar la expedición más arriesgada de su vida- lo primero que hizo fue llamar a sus amigos y comer un plato de comida típico de nuestro país; una actitud tan argenta como lo gasolero de sus expediciones.