Carlos Tevez tuvo en el Superclásico de este domingo el cierre adecuado para la que fue su peor semana desde que regresara a Boca, y necesitará un golpe de timón muy pronunciado si pretende enderezar el rumbo de su relación con el club, que parece acercarse al final del romance.

La llegada de Guillermo Barros Schelotto a la dirección técnica, más allá de los discursos oficiales, significó una derrota para el Apache. Una derrota dentro del vestuario, donde debió ceder voz de mando en favor del nuevo entrenador; y una derrota en los pasillos de la Bombonera, allí donde se decía que Carlitos tenía las llaves. De alguna manera, la decisión dirigencial en la elección del DT fue un mensaje para el crack.

Se supo, en los últimos días de gestión de Rodolfo Arruabarrena, que el representante de Tevez, Adrián Ruocco, se reunió con Jorge Sampaoli para tratar de convencerlo de rever su declarada condición de hincha de River y convertirse en el sucesor del Vasco. El ex DT de la selección chilena era la apuesta del Apache, que pretendía un entrenador con prestigio internacional pero sin peso histórico en Boca.

Barros Schelotto es todo lo contrario.

No había digerido aun el ex Juventus la llegada del Mellizo cuando fue sacudido por la publicación de una imagen suya brindando con los barra bravas de Boca. La foto, aunque de diciembre, no dejaba de tener una actualidad indiscutible. Y un efecto inequívocamente negativo para la imagen del futbolista.

Horas después, ese mismo jueves Ruocco salía a hacer declaraciones periodísticas en las que advertía que su representado podía no sentirse cómodo y pensar en irse de Boca en junio. "Hay que acompañarlo para que se sienta cómodo y feliz", dijo el devenido dirigente xeneize. Quiénes son los deben "acompañarlo", es una pregunta que abre muchas respuestas posibles.

Y así como al Vasco se le acabó pronto el crédito por los dos títulos conseguidos en 2015, Carlitos ya no era el ídolo "que volvió a la Boca para ser campeón". Las sombras volvían a posarse sobre Tevez, con una presencia amenazante similar a la que soportó con las fracturas que les provocó a dos rivales en estos últimos meses. La patada a Ezequiel Ham y el choque con Ezequiel Unsain volvían a ponerse en un contexto emocional del Apache.

El Superclásico, entonces, se presentaba como una prueba de fuego para esta relación tirante. Tevez podía aparecer de una vez y erigirse en el héroe xeneize, borrar todo de un golazo y recomponer su imagen de líder. Si era el Apache el que permitía el primer triunfo de Guillermo, el DT quedaría inexorablemente en deuda emocional con el jugador.

Pero no.

Tevez pasó por el Monumental como otro actor de reparto. Inofensivo y apagado. Sin fútbol, pero tampoco con alma.

Como si su corazón azul y oro estuviera irreparablemente roto.