Lo miré de reojo y rápidamente le pregunté a mi viejo: “Es un ganador nato”, se anticipó, y por algunos minutos me dejó más tranquilo. En su momento, recuerdo, quería que se quedara Juan Antonio Pizzi con su título local bajo el brazo para ir en busca de esa loca obsesión: la Libertadores.

La historia, igual, ya estaba escrita. Tipo alto y con presencia, con las frases justas en los momentos indicados -incluso esto hizo que muchos lo criticaran por demás- Edgardo Bauza se puso el traje de entrenador de San Lorenzo y arriba se cargó el sueño de millones de hinchas.

“La gente te hace notar que la Copa es una obsesión. Está bien que lo pida, primero hay que soñarlo para lograrlo”. Al Patón no le hacía ruido la presión que ejercía el saber que un fracaso sería no ganarla. Y, en consecuencia, lejos del escenario de los micrófonos, consiguió armar un plantel para ilusionarse.

Y, tras una infartante primera serie en la que el Ciclón se clasificó a octavos por la ventana, fue avanzando por sobre todos sus obstáculos -también los propios- para hacer llorar a cuatro millones de personas. Y Bauza, vale aclararlo, nunca se puso ese cartel de ganador o triunfador y dejó que el plantel fuera el centro de escena.

Así es Edgardo.

No voy a mentir. Muchas veces con sus planteos nos hizo calentar -hablo por algunos fanáticos, no todos- hasta el hartazgo; pero en voz baja pensaba que el tipo sabía lo que hacía y que si tanto había ganado no iba a pifiar. Y nos tapó la boca a más de uno. Y nos dio una linda lección.

Se fue y ahora nos dejó un problemón. Sucede que con sus conquistas y ambiciones -y no me refiero en concreto a su planteo dentro de la cancha con el que aún difiero- nos dejó la vara muy alta. Y, con su alejamiento en el horizonte, el que lo reemplace y haga la mitad o un poco menos de lo que hizo el Patón ya va a ser visto con buenos ojos en la tribuna del Pedro Bidegain.
Aunque cueste despedirse, llegó el momento de decirle adiós. Gracias Bauza.