El campeón de América comenzó a gestarse en Monterrey, pero no fue la semana pasada sino hace cuatro meses. Los jugadores de River no lo sabían, pero acababan de recibir la primera de las cinco señales que el destino les enviaría a lo largo del camino que –tampoco lo sabían, ni siquiera se atrevían a soñarlo- los conduciría hacia la final de la Copa América y hacia el histórico título.

Aclaración: si usted, lector, cree que el fútbol es sólo un juego que se dirime en cuestiones tácticas y técnicas, que lo que ocurre dentro de una cancha es tan solo una historia de 90 minutos descontextualizada, abandone esta nota ahora. No me refiero solo a la influencia de factores anímicos y psicológicos, a la “dinámica de lo impensado”. Hablo de una cuestión que trasciende toda lógica, que se ríe de la razón. Una expresión cultural que responde a manifestaciones que escapan a nuestro entendimiento y que apelan a nuestra fe.

Si todavía quiere seguir leyendo, aquí van las cinco señales que el destino le envió a los riverplatenses para avisarles que la espera de 19 años terminaría.

Primera señal: una resurrección anímica

La noche del 8 de abril en México, River pasó de ser un equipo vapuleado a un campeón en ciernes en 180 segundos. Fue el tiempo que medió entre el gol de Teo Gutiérrez y el de Rodrigo Mora para empatarle a Tigres después de estar 2-0 abajo. Era la quinta fecha de una fase inicial en la que los dirigidos por Marcelo Gallardo no habían podido ganar un solo partido.

El empate valió más por su significado anímico que por el punto sumado en tierra azteca. River, de todas maneras, llegaría a la última fecha con la obligación de ganar y a la espera de un milagro de Tigres. Pero ese cierre de partido, esa levantada impensada, infló el espíritu de los jugadores. No lo dijeron en palabras, seguro que no, pero las miradas del vestuario de Monterrey hablaron de esa reacción con un mensaje claro: “Podemos”.

Segunda señal: El milagro de Chiclayo y la imagen de San Lorenzo

Y Tigres, que le había permitido ese atisbo de resurrección, se encargaría de darle vida siete días más tarde (al cabo, como un Judas salvador, el elenco mexicano le negaría tres veces la muerte: pero para la final todavía faltaba) al ganar un increíble partido en Chiclayo ante Juan Aurich, que le daba valor al triunfo que cosechaba River en su cancha frente a San José.

Pero eso no es todo. Los resultados de ambos partidos serían idénticos a los que, un año antes, había permitido la también milagrosa clasificación a segunda fase de San Lorenzo, a la postre campeón de la edición 2014: victoria 3-0 (River a San José; San Lorenzo a Botafogo) y un increíble 5-4 en el otro partido (Tigres a Juan Aurich; Independiente del Valle a Unión Española). Una combinación demasiado poco común.

Usted llámelo “casualidad”. Yo prefiero llamarlo “rima del destino”. De ahí a leerlo como una señal, el paso es ínfimo.

Tercera señal: El peor River contra el mejor Boca

Y, como San Lorenzo un año antes, River pasaba a la segunda ronda como el peor de los clasificados. El número 16. Y, como tal, debía cruzarse en octavos de final con el mejor de la fase inicial. El número 1 no era otro que Boca, el invicto e imparable equipo de Rodolfo Arruabarrena. ¿Quién de los dos tenía más por peder? ¿Qué mejor escenario podían pedir en Núñez para un Superclásico copero?

Lo que pasó en esa llave es historia conocida. El desenlace, con la cobarde agresión del gas en la Bombonera, sólo sirvió para enfriar la alegría.

Cuarta señal: La mejor actuación en el compromiso más adverso

En la historia internacional de River había una sombra negra. Un rival invencible y un escenario inexpugnable. Y en cuartos de final aparecían Cruzeiro y el Mineirao. ¿Misión imposible? No para un equipo predestinado a la gloria.

Y eso que, en la ida en el Monumental, los brasileños se llevaron un triunfo que los agrandó casi tanto como al Brasil de 1950. Pero en Belo Horizonte, donde debía perder por historia, el elenco de Gallardo construyó su mejor actuación del año –del ciclo. Borró a Cruzeiro, lo dominó ampliamente y lo vapuleó con un 3 a 0 inapelable que lo depositaba en las semifinales de la Libertadores después de 10 años.

Quinta señal: La final en casa

 

La semi con Guaraní fue sufrida, pareja, pero sin mayores sobresaltos para River. Marcó, sí, la gran aparición de Tabaré Viudez y, sobre todo, Lucas Alario, el inesperado héroe de la final. La ida había sido relativamente tranquila, con el tanto de Gabriel Mercado y la emboquillada de Rodrigo Mora. Los dos últimos “caprichos” del Muñeco se combinaron a la perfección en la revancha de Asunción para despejar los temores con el 1-1 que aseguraba el pase a la final tras 19 años.

Y el rival se definiría al día siguiente entre Inter de Porto Alegre y Tigres. ¿En qué cambiaba para River, más allá de las características de los rivales? En que, si clasificaban los mexicanos, la Copa se definiría en el Monumental. El mismo escenario donde el Millonario había celebrado sus únicos títulos, el de 1986 y 1996. Después de haber tenido que definir afuera en las otras instancias, ahora lo haría en casa. Y ante el equipo que dos veces le había dado vida.

Y River, como el destino se había empeñado en avisar, fue campeón de América.