Daniel Osvaldo tiene delante suyo alrededor de un centenar de chicos con el brazo lo más alto posible y la mano bien abierta. A pesar de ser chicato, su mirada se pierde en el mar de manos, trata de observar las sonrisas de los chicos y les responde las preguntas.

Casi todas van por el lado de qué se siente ser jugador de fútbol, jugar en la Bombonera y hacer un gol. Casi todas van por el lado del sueño del pibe, ese que Osvaldo cumple de forma general desde hace más de una década, cuando debutó en Huracán, pero que desde hace unos meses potenció de forma particular al poder, como quieren esos hinchitas de Boca de la Fundación SOS Infantil, vestir la azul y oro, jugar en el templo y festejar un gol. Y para todo bostero, sea chico o se vista como Daniel Osvaldo, uno de los puntos más altos de ese sueño es jugar el Superclásico, como va a poder cumplir el delantero hincha desde este domingo y por triplicado, con el plus de que un cruce sea por la Copa Libertadores.

“Los clásicos te marcan. Te dan la posibilidad de que los hinchas se reflejen en uno”, le explica con más experiencia Leonardo Ponzio antes que Osvaldo cuente lo que le pasa debajo del enmarañado pelo. “Es el clásico más lindo del mundo, uno sueña con hacer goles”, dice en la charla de esta fundación que ayuda a 450 chicos de La Boca y de Barracas y utiliza la palabra “sueño” de forma retórica para enseguida darle sentido mucho más literal.

“Hasta he soñado de verdad que jugaba el Superclásico”, cuenta sobre las imágenes que le tira su inconsciente cada vez que se duerme, no sin antes reconocer que esa parte de su cerebro tiene de donde tomar letra: “Es el partido más especial, se cruzan muchas cosas por la mente. Ya he jugado 350 partidos de estos en mi cabeza”.

“Los clásicos te marcan. Te dan la posibilidad de que los hinchas se reflejen en uno”, dijo Ponzio

El principio de su sueño bostero lo empezó a cumplir, casualmente, con una mano abierta como la de los chicos a los que ayer les brillaban los ojos de poder conocerlo, junto a Leonardo Ponzio, quien aportó la parte gallina del evento solidario en el que también participaron los dos presidentes de los clubes, Daniel Angelici y Rodolfo D’Onofrio.

Osvaldo quiso ser parte de este Boca aún antes de tomarse el avión, y por eso viajó con una remera-cargada contra River por el 5-0 del verano. Se moría de ganas de hacer eso a que aspiraba cuando iba a alentar al equipo a la Bombonera. Quería estar del otro lado del alambrado y por eso, reconoce en la charla con los chicos, se le llenaron los ojos de lágrimas cuando pisó ese pasto por primera vez.

“Esa fue la emoción más grande, el primer impacto”, relata y agrega al combo emotivo el recuerdo de lo que pasó unos minutos después, cuando metió su primer gol, cuando hizo por primera vez delirar a su hinchada. Reconoce que cuando tiene un tiempo en su casa, prende la compu, entra a Youtube, busca “Gol de Osvaldo a Wanderers” y su cara se transforma como la de un niño en Navidad, o como la suya cuando cuenta eso y en su cabeza se le vienen esas imágenes.

Osvaldo conoce bien esa cara no sólo por los espejos. Cuenta que la ve cada vez que un chico, como los de ayer, se le acerca a pedirle una foto, un saludo o un autógrafo, nota la felicidad. “Nos ven como superhéroes. No te das cuenta que con muy poco le cambiás el día a mucha gente”, explica desde su lugar de privilegio, ese que le permite prometer cumplirles al menos un sueño a cada uno de los 22 chicos que hicieron el libro de sueños de la fundación, y llamar a todos los que están en condiciones de imitarlo, que lo hagan.

Puede hacerlo, entre otras cosas, porque está en medio de su sueño, ese que se acerca al momento de mayor tensión e ilusión, y que desde el domingo puede empezar a hacerlo desear con no despertar nunca.